Viernes, 09 de junio de 2006
EL equipo de arqueólogos dirigido por Eliseo Gil puede presumir de estar en el lugar justo, en el momento adecuado. Habrá quien diga, sin embargo, que este tipo de hallazgos no se logran por casualidad, sino por trabajo, constancia o instinto. Ya desde el siglo XVI hay documentos en los que se hacía referencia a la antigüedad del asentamiento de Iruña Veleia, pero era imposible que los alaveses se hicieran cargo de los tesoros que guardaba esta tierra.
Y eso que apenas había que excavar 30 centímetros para toparse con estratos de época romana. La antigua urbe de Veleia se abandonó, por causas desconocidas, en el siglo V d.C. Este acontecimiento eliminó piedras en el camino de los investigadores, ya que la despoblación de la zona permitió que las reliquias quedaran inalteradas. Pero éste no sería el único beneficio de un desastre.
El propio Gil reconoce que todo se debe a una afortunada -y única- cadena de casualidades. En 1994, este arqueólogo se hizo cargo del yacimiento y, en su primer proyecto hasta 2001, sacó a la luz la Domus de Pompeia Valentina. Se trata de una casa de 1.000 metros cuadrados, construida en el último cuarto del siglo I d.C. sobre los restos de hogares prerromanos, que se mantuvo habitada hasta 400 años más tarde. Esta vivienda, perteneciente a una familia de clase media-alta, fue parcialmente destruida por un incendio. No se sabe si accidental o provocado, pero el fuego se expandió por el ala norte de la casa.
Estas llamas suponen para Veleia algo parecido, salvando las distancias, a la erupción del Vesubio en Pompeya. El hecho es que, de nuevo, la tragedia se alió con la fortuna. Ardió la Domus , pero este incidente derrumbó la cubierta de una habitación en un patio porticado. El desplome del techo sirvió para sellar esta estancia de 57 metros cuadrados, que se identificó como un almacén, ya que es la única de todo el inmueble que no está decorada con pintura en su interior. El azar quiso que ésta no fuera una simple sala más. Era utilizada como paedagogium , donde los retoños de la pudiente familia atendían algo así como a clases particulares.
“una cápsula del tiempo” Los arqueólogos se refieren a este cuarto como una “cápsula del tiempo”. Sobre un suelo de arcilla apisonada, el equipo se topó con una inusual acumulación de objetos en el centro del habitáculo: cerámica de mesa y cocina, sigillata -cerámica de uso doméstico- hispánica y gálica, pondera, lucernas, fusaiolas… Una basura doméstica de incalculable valor.
El quid de la cuestión es que un alto porcentaje de estos utensilios sirvió como tablillas de anotaciones. Estas ostraka -unas pizarras tanto cerámicas como óseas con diversas inscripciones- se han convertido en algo más que un coleccionable a fichas de la historia de la ciudad.
En estos 270 objetos, datados en el siglo III d.C., los expertos han descubierto un relato de la época. Por un lado, porque se tratan de los apuntes de los pequeños estudiantes romanos -hay declinaciones del latín, el abecedario, un listado de emperadores, temas de La Eneida , relaciones de autores clásicos y divinidades- y también de sus travesuras. Como los garabatos que se hacen al tomar apuntes, los veleienses también habrían amenizado las clases con retratos, caricaturas, representaciones de la vida doméstica y paisajes.
Estos apuntes reflejan los conocimientos, anhelos, inquietudes, sentimientos y creencias de los ancestros alaveses. Un testimonio en el que la suerte y la travesura, la ciencia y el desastre, se han aliado para revivir la Historia 1.700 años después.