Revista divulgativa sobre cultura vasca

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Ieltxu

In General on Febrero 9, 2008 at 6:36 pm

Los euskaldunes no nos podemos enorgullecer de tener grandes dioses ni grandes leyendas, ni siquiera grandes hérores. Nuestra poesía épica narra el dolor de una madre por un joven muerto a manos de un Conde y nuestras leyendas hablan de pequeños genios que suelen habitar las cuevas desde las que intentan atraer a jóvenes desprevenidos con promesas de tesoros escondidos.

De uno de esos genios quiero hablarles, su nombre, como habréis visto en el título, es Ieltxu y ha sido el protagonista de nuestro primer relato “Noches que es mejor es pasar en cama”. Habita al parecer en Bizkaia, algunas leyendas lo localizan en las montañas de Busturiam una bonita región en la que estas suelen estar cubiertas por la niebla.

Las descripciones de este genio suelen ser contradictorias, como en la mayoría de genios mitológicos euskericos. Aunando las descripciones realizadas por Resurreción de Maria Azkue hace ya un siglo y las del padre Barandiarán se puede describir como un ave, pocas veces cuadrúpedo o humano, que se presenta en la noche de improviso. No entabla conversación con el extraño, suele emprender el vuelo mientras lanza fuego por la boca, llamando así la atención de este.

No hay que seguirlo, pues desorienta a quien se lo encuentra, dibuja sombras extrañas a la luz de la luna que engañan al extraño y lo llevan a seguirlo a través del bosque, para finalmente, sin que este se percate, llegar a los despeñaderos y abismos de los caminos y senderos de las montañas. Pocos se fijan en que pisan sus pies cuando corren detrás de este ave veloz hasta que es demasiado tarde.

(Para saber más, aquí tenéis) 

Noches que es mejor pasar en cama…

In General on Febrero 1, 2008 at 5:58 pm

La noche había caido ya hacía algunas horas, las había pasado semidormitando, así que no tenía sueño alguno. Acercó su rostro a la pequeña ventana y observó la Torre de Madariaga, aun había luz, no debía ser tan tarde, pensó para si. Necesitaba andar un poco, había pasado dos días metido en la cama con algo de fiebre, echaba de menos respirar algo de aire fresco y salir de aquel caserio que tenía aquel olor a viejo desde que tenía uso de razón.Aquella mezcla de olor a madera de haya, fuego ya extinguido y cal blanca…no, no era lo mejor para recuperarse de la fiebre. Caminó hacia la puerta poniendose la primera camisa vieja que encontró su mano sobre una silla y salió de la habitación, ya casi sintiendose mejor. Lo que necesitaba era moverse, no estar metido en la cama. Se dirigió a la puerta pequeña que tenía la cocina y la abrió, observando la maravillosa noche de los montes de Busturia.

La niebla subía por las marismas hacia los montes, sin alcanzar sus cumbres, algunas luces de caserios que estaban algo lejos y de la Casa Torre del pueblo se podían observar a lo lejos. Podía observar las izarraz en el cielo, las había echado de menos desde su lecho, no entendería jamás su significado, eso se lo dejaba a otros, pero sin duda eran bellas, fueran lo que fueran.

Algo llamó su atención en aquel momento, un fogonazo pequeño de luz. Frunció el ceño, no llovía y el cielo estaba despejado y tampoco había escuchado ningún trueno, no era un rayo por tanto. Sus ojos se achinaron un poco intentando adivinar la silueta de algo que parecía haber empezado a arder en el bosque. ¿Fuego de noche y en invierno? Caminó con cierta prisa, haciendo algo de ruido con las piedras del rudo camino. Parecía un ascua bailando en un pino, quizá había prendido algo y aun se pudiera apagar, era raro, pero también era raro que las estrellas cayeran del cielo unos días al año, así que se internó un poco en aquel bosque, poco profundo hay que decirlo.

Su cuerpo sufrió un escalofrío al darse cuenta del silencio que reinaba, no se escuchaba ningún buho, tampoco le hacían demasiada gracia aquellos animales del diablo, pero escucharlos lo habría tranquilizado. Había demasiado silencio y lo único que se escuchaba era aquel fuego que no alcanzaba a ver entonces, debido a los árboles. Cuando llegó no vio a nadie, había alguna piña que otra ardiendo o consumiendose mejor dicho, pero no había ningún pastor. Por un momento había pensado que quizá alguno había buscado refugio en el bosque y había encendido un fuego, pero no tenía sentido, era invierno, debían estar todos bien guarecidos en sus bordas aunque ya no hiciera tanto frio o hubiera dejado de nevar. Además las hierbas no había crecido apenas, no era un pastor.

¿Quien era entonces? ¿Quien se habría perdido en los montes de Busturia? cada vez vivía menos gente en el pueblo, por no hablar de los pocos que seguían viviendo en los caserios del monte. Mientras pensaba aquello algo llamó su atención, en una de las ramas de aquel pino algo maltrecho pudo ver un buho. Los ojos de aquellos animales eran inconfundibles, o eso creía hasta que se acercó y pudo ver su silueta. Demasiado grande para ser un buho, demasiado grande para ser un ave nocturna y demasiado pesada como para que la rama sobre la que se posaba no se hubiera roto aun.

De pronto aquello aleteó, sus alas eran de gran tamaño y su sombra ocultó por unos instantes lo poco que se veía de la luna através de las nubes. Dobló el cuello queriendo seguir con la mirada a aquella ave, pero la llamarada que esta soltó hizo que por un momento quisiera retroceder y huir. Pero no, no pensaba hacerlo, así que con el pulso acelerado caminó detrás de lo que fuera aquello, sin quitar su vista del suelo.

Iba demasiado rápido para él, estaba cansado por la fiebre y apenas miraba donde pisaba. Estuvo a punto de tropezarse varias veces, pero siguió caminando. Aquella ave parecía ir más despacio, bueno, se había detenido creía él, jugaba con él. Jadeó, apoyó sus manos en las rodillas e intentó coger aire, mientras una gota de sudor caía por su frente, estaba empapado, quizá le había vuelto a subir la fiebre y sino lo haría pronto, pues hacía frio y él solo iba con una camisa.

Levantó la vista para comprobar que aquello no estaba, apenas pudo verlo a los lejos desapareciendo de su vista entre los árboles. Sin pensarlo dos veces empezó a correr, sentía la sangre palpitar en las sienes y su respiración forzada, cuando de pronto resvaló. Había pisado algo de tierra húmeda, se agarró a lo primero que encontró a mano, un árbol o arbusto, vete a saber que era. Sintió el golpe mientras se resvalaba cuesta abajo y se aferró a aquello que había agarrado, mirando delante al final.

Su corazón se heló, su carrera se habría terminado allí se hubiera resvalado o no. No había más, el monte se terminaba allí, en aquel despeñadero desde el que el ave lo miraba con una sonrisa, real o figurada. Se aferró con fuerza al arbusto evitando mirar abajo mientras contenía el aliento. Ya sabía que había visto aquella noche…

Ieltxu…