Ni en el púlpito ni en la escuela podrán ser, en lo sucesivo, emisoras de voces dialectales. Para loar al Sumo Hacedor poseemos un idioma preclaro, en el que la oración surgue todavía más dignificada; para predicar el amor a la Patria, ninguna lengua mejor que la nacional. En la utilización de los dialectos por la gente urbana hay una exaltación de la aldeanería, es algo así como el pasear por el asfalto una zamarra o limpiarse las manos en una sopera. Es decir, todos los actos que las personas educadas tienen proscritos.
No consideramos un atenuante el hecho de que el dialecto catalán haya creado una literatura enmarcada en los límites regionales, aunque sin aliento -porque su expresión no lo tiene-, para cruzar mares, si no es vertida al idioma español; pero, naturalmente más grave nos ha de parecer lo que atañe al dialecto de las Provincias Vascongadas, donde no se ha dado el caso de que se escriba en vascuence ni siquiera una copla de ciego que tenga mediana gracia o el más liviano interés.
Por tanto, ha de ser la ciudad quien en escuela, púlpito y bando imponga a la montaña una manera ilustre de expresarse, pues no sería admisible, más que bajo una influencia separatista y masónica, como ha ocurrido en los últimos meses en Vizcaya, que fuera el monte quien pretendiera imponer a la ciudad su ruda y agria expresión o, el menos, prestarles las raíces básicas para la construcción de una jerigonza como la que tenían organizada los discípulos del hombre indocto de la plaza de Albia.
Ni dialectos como el catalán, ni jerigonzas como el vascuence renovado. Una cosa es el acento que cada comarca pone al idioma de todo -idioma uno en la Patria una-, y que cada cual escucha con explicable complacencia, a veces aunque no sea el giro de su provincia nativa, como confieso que me ocurre con el andaluz, acento que escucho siempre con alegría renovada, y otra, antagónica, es la de enfrentar con una manera de expresión de más de cien millones de seres humanos, una parla de orígenes no esclarecidos, pero que es a nuestro idioma lo que la rueda del carro de bueyes a la hélice del avión.
Luis Antonio de Vega, “Claro romance. Idioma, dialecto y jerigonza” Domingo, 28 de noviembre de 1937.
