No suele ser demostración de demasiado respeto el nombrar a las gentes con deformaciones semejantes pero el uso lo ha hecho, en ciertos casos, tolerable, sobre todo cuando existe una gran familiaridad, pero aún siendo así, no tengo noticia de que jamás un gitano se acercase a sitio alguno con la pretensión de que uno de sus retoños se le llamara Curro o Perico y puede afirmarse que si tal cosa hubiera ocurrido lo motivaría únicamente la ignorancia, por lo que el sacerdote velando por la devoción que se debe a los Santos y por el respeto que todos estamos obligados a tributarles hubiera convencido al gitano de la necesidad de que su hijo se llamara Francisco o Pedro aunque en la intimidad del hogar le llamaran como tuvieran por conveniente.
En el País Vascongado no sucedió así. Aquí se toleró, posiblemente en algunos casos con verdadera complacencia el que a los nuevo catecúmenos se les pusieran motes en lugar de nombres y el Peru y el Pachi, y el Chomin, y el Andima no constituyen excepciones aisladas. Puede decirse que eran casi frecuentes en Vizcaya y decimos que eran u no son porque es seguro que todos éstos alevines de víboras andan ahora dispersos por la otra vertiente del Pirineo y probablemente haciendo prsélitos entre los vascongados del sudoeste francés, lo que dudo mucho que llegue un día en que tenga que agradecérselo Francia.
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Luis Antonio de Vega, “Cuando Marichu sea Mariachu”, Domingo, 24 de abril de 1938.
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