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Las mascaradas de los nombres propios alcanzó unos límites de risa difícil de difícil superación, y había señores que decían muy seriamente llamarse Joseba !Y hasta Andoni! sin que por mi parte tenga el menor interés de averiguar a qué nombres propios puedan corresponder tan jocosas denominaciones.
Cuesta no poco trabajo admitir el que en los Registro Civiles y en las Partidas Bautismales de los Juzgados y otras oficinas de España, se tolerara a las gentes que designasen a sus hijos con nombres que eran una abierta provocación a la hispanidad, con nombres que rezumaban odio en cada una de sus letras, aunque estas no fuesen ni TX, ni la TZ, ni la R o la G con tilde, pero es todavía más difícil -casi imposible- imaginar que los más obligados a guardar a los Santos todos los respetos no enrojecieran cuando firmaban un acta bautismal en la que un cristiano se le denominaba sencilla y escuetamente con un apodo.
En eso, como en otras tantas manifestaciones de estupidez individual y colectiva, nadie ha podido superar a los separartistas vascongados. Parece ser que en la nomenclatura familiar aldana como a los Franciscos, en otros lugares, les llaman Pacos o Curros, en el país -o en los caseríos del País probablemente- se les denominaba Pachi o Patxi si no produce excesivo asco esta última y mema calificación; a los señores que se llaman Domingo, Chomin y a los Pedro Peru o algo por el estilo.
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Luis Antonio de Vega, “Cuando Marichu sea Mariachu”, Domingo, 24 de abril de 1938.
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