Aquí y en la orilla mediterránea, al amparo de ciertos protocolos, cuya autenticidad se discute airadamente en la tierra entera, se cultivaban los dialectos como si fueran bacilos de una peste con la que, desde siempre, tenían mediado contaminar nuestro robusto sentido nacional. Al morbo separatista le iba bien el clima de los dialectos, a quienes se hinchaba con vocablos de invención reciente, mientras con un guiño de ojo se les insinuaba la proximidad de un día en que pasarían a ser idiomas, es decir, maneras de hablar de naciones independientes.
Sin duda, por su aprovechada virulencia es por lo que ningún oido de buen español puede percibir palabras dichas en los dialectos de España sin un estremecimiento de tímpanos, considerándolas poco menos que una agresión al nacionalismo de quien las escucha, naturalmente de los casos porque diques de cortesía, que a los habladores de dialectos les falta, le impiden reaccionar en forma adecuada.
Es cierto que no en todos los casos el empleo de las voces dialectales entrañan malicia (…) Era, sencillamente una mala costumbre, algo así como el tic de una mueca fea que luego hemos repetida en otros catalanes, de cuyo españolismo y amor a la Patria tampoco tenemos motivos que nos lo hagan poner en duda, en su retiro de San Sebastián, ya que no con sorpresa, con disgusto de que no acaban de libertarse de esta poco grata manía, dificilmente disculpable, de catalanes y no catalanes, porque el primer pregón que les lanza España desde el punto de Irún es el consejo de que no hablen otro idioma que el español, consejo que se repite en términos más categóricos en el Refugio de Fuenterrabía. Ellos mismo debieran ayudarnos a extirpar a esta especie de verrugas que les salen a los idiomas; este cáncer de la Patria que con tanto mimo cultivaron los jerarcas de la República al dictado de las conveniencias masónicas.
Luis Antonio de Vega, “Claro romance. Idioma, dialecto y jerigonza” Domingo, 28 de noviembre de 1937.