Cuando, después de haber paseado por el pórtico destruido de la iglesia de Durando, se llega de un camino al que el salvajismo marxista y la imbecilidad de la tribu disidente han despojado del Signo Expiatorio de una piedra tallada hace cinco siglos, lo que más hiere la retina no es la destrucción de una villa merecedora de mejor fortuna, sino un cartel, que es un grito lanzado en el duro dialecto de lo caseríos.
Comprendemos que, todavía no ha habido tiempo suficiente ni siquiera para poner orden en las ruinas, a pesar de que en algunas calles nos ha sido dable presenciar la alegría de la cala y de la argamasa en plaetas de júbilo reconstructor.
La vida retorna a esta capital de vieja merindad vizcaína, a una de cuyas balconadas asomaba su barba de endrina el rey que no reinó, y en las tardes sin lluvia sus ojos contemplaban un paisaje idílico y festivo, de dulzaina y tamboril, y piernas ágiles en los corros bailarines. Todo se restaura; pero para que la pesadumbre no empiece otra vez mañana será preciso limpiar fachadas y conciencias.
Por gracia de España, Durango no era uno de los pueblos más envenenados de la provincia. Los timbres heráldicos de sus torres y casas solares, su adheción a las flores de lis, el haber sido capital de una corte andariega, pero llena de empaque y de señorío, la hacía volver espaldas desdeñosas a prédicas insensatas de enfatuados contadores mercantiles y abogados de expresión difícil.
El grito, impreso en cerámicas azules, ni siquiera está lanzado en el agrio hablar de la montaña, sino en una jerga hecha con retazos de voces, y con las que se estaba edificando un dialecto de remiendos, una especie de esperanto del vascuence, para el cual sería difícil solicitar indulgencia, ya que con él no se había brezado una sola cuna, ni se había compuesto una canción, ni deslizado una sola palabra amorosa en el oído de una novia. Se trataba únicamente de la invención insensata de cuatro curas y cuatro abogados rencorosos, que con su lengua con piezas de recambio habían obtenido un éxito semejante al que hubieran logrado si lo que pretendieran fuese resucitar el Volapuk.
Al habla de estos montes le sucedía lo que al ilergete al taurdetano. De orígenes más sospechados que precisos, pero primitivos, no tenía prevista la existencia de entidades de ahorro, ni aun el ahorro mismo, y así, en una pared duranguesa, ha quedado clavado hasta el momento de picar la cerámica el grito -en un lenguaje que nadie entiende, con la única excepción de los cuatro curas y los cuatro abogados rencorosos, con las conciencias sucias de odio a la Patria y con una espíritu cristiano paralelo al de su aliados de las logias masónicas-, que debe ser anuncio de una entidad bancaria. Y ya es buena broma poner anuncios en un galimatías, a todas luces incomprensible!
El yeso con pretensiones de mármol de la jerigonza vascongada no pudo cuajar ni siquiera entre los presuntos eruditos separatistas, y aleluya de risa, sólo sirve como chafarrinón en el paisaje urbano de Durango, en el cartel que es anuncio en germanía que nadie entiende. El monte dio todo lo que podía dar como expresión de cultura: voces para animar las onces pares de botas de un equipo de fútbol.
Luis Antonio de Vega, “Claro romance. Idioma, dialecto y jerigonza” Domingo, 28 de noviembre de 1937.
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