Cuando se unifican así -aun contando con la previa y gustosa unanimidad de los unificados- Milicias y partidos, y sus uniformes y sus signos externos, ¿por qué habrá de excluirse de la unidad absoluta que España necesita cosa tan sustantiva del alma nacional como el verbo?
El ambiente español está pidiendo, en verdad, esta unificación del lenguaje. El Estado nuevo -ha dicho anteriormente Pemán- será tan fuerte que no tendrá nada que temer de que se baile una sardana. Así será, en efecto, cuando el Estado nuevo haya sido eregido sobre la base inconmovible de la victoria histórica que ya se entrevé. Mientras tanto, la unificación de los españoles no admite condiciones ni reservas. Es un imperativo para acelerar aquella victoria. Y lo primero que exige la unificación es que nos entendamos unos a otros los españoles, aun en los instantes más subalternos de la convivencia nacional. No nos alarma dialecto más o jerga menos: ni la unidad de la España que forjó el verbo castellano peligra porque haya gentes a quienes parece grato desdeñar el habla genuina española. no, no. No es eso, Es otra cuestión. Es una cuestión de buen gusto y de elegancia espiritual. Es que resulta indelicado e impertinente eludir sistemáticamente en público el habla de la unidad española, cuando los que la aluden viven acogidos a la grandeza y al prestigio y a la eficacia triunfante de esta unidad. Y también el Estado nuevo tiene, entre las varias tareas que le incumben, la de corregir impertinencias y educar a los indelicados…
Luis de Galinsoga, “Los hombres y los días”, ABC (Sevilla), 13 de mayo de 1937
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