Juan Antonio Moguel (1803):
Llega a tanto la violencia, por no decir la inhumanidad y tiranía que se presentan los maestros con semblantes fieros con el azote en la mano, clamando con amenazas “cuenta que nadie me hable en bascuence, sino en castellano”.
Se ponen fiscales. Se admiten acusaciones, y para prueba del delito, corre un anillo de mano en mano entre los que han tenido la fragilidad de haber hablado un solo vocablo bascongado. Llega el sábado, día cruel de residencia. Toma asiento judicial el maestro, con la palma a un lado, y en el otro, instrumento de sangre; pregunta, con semblante terrible “¿quién tiene la sortijo o anillo?”. Todos acusan al reo; éste no puede negar el crimen, saca su funesta insignia temblándole las rodillas y después de una severa represión por haber hablado en su idioma patrio, y no en el extraño, si quiere usar el Maestro alguna misericordia, tómale las manos, y golpea sus palmas, y se retira el infeliz chiquillo sin atreverse a derramar una sola lágrima para que no le doble la pena.
Pero si quiere seguir el Maestro el rigor judicial, le azota como a un esclavo, imaginando que la castellana letra “con la sangre entra”. Todos los jóvenes escolares asisten a este sanguinario espectáculo, ven con espanto aquel castigo, y para que la ira del Maestro no recaiga sobre ellos el próximo día del juicio escolar, se cautelan de hablar en bascuence. El que quedó con el anillo, anda de corrillo en corrillo entre los entretenimientos pueriles, observando si alguno se descuida en proferir alguna expresión bascongada. Allí es el conflicto; no saben muchas veces cómo explicarse en castellano; no abren los labios, quieren explicarse con señas, y cuando urge la necesidad de hablar se arriman a una pared; dicen contra ella en bascuence lo que no pueden comunicar al socio en castellano.
Sale el fiscal; clama, “hablado, toma el anillo”
Responde el acusado: “Yo no ha hablado sino con la orma“
Vocea de nuevo el del anillo: “hablado otra vez, orma has dicho por pared“
Entra la lucha; se citan socios para que corten la gran dificultad; se arman pendencias indefendibles, y a veces termina la fiesta con morradas y sangre de narices.
El herido forma acusación, ante el Maestro, se abre nuevo juicio; varían los testigos. Tales son los arreglamentos para que aprenda el idioma castellano. Todas las leyes que hasta ahora han discurrido los políticos para introducir idiomas no llegan a ser tan severas. Con todo se conserva el bascuence puro, sin que toda la furiosa tempestad de sangre contra las víctimas inocentes, toda la multitud de libros castellanos y todas las maquinaciones armadas contra este idioma, hayan sido bastantes para que alteren en un solo punto la conjugación, la declinación, colocación, el artificio original, la Gramática bascongada.
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