Por Koldo Mitxelena
(Traducción de la Biblia al euskera de Leizarraga patrocinada por Juana de Albret, XVI)
Sin centros administrativos o culturales de prestigio, faltos de una política que -hasta en el terreno de las ideas- fuera más allá de dejar vivir -o morir- a una lengua carente de fuertes incentivos económicos, los vascos pudieron encontrar un cierto apoyo en la religión, desde que se cristianizaron plena y radicalmente. Ahora bien, una liturgia en lengua nacional era impensable en Occidente en siglos tempranos, del mismo modo que lo ha seguido siendo hasta el Concilio Vaticano, al contrario de lo que ocurría en la Iglesia oriental, Una posibilidad en este sentido se había de presentar en el siglo XVI, con la Reforma protestante. Efectivamente, no han faltado voces en estos años de postguerra que, tornando pie en la obra de Leizarraga y colaboradores, inspirada y movida por Juana de Albret, han especulado sobre las ventajas que se hubieran seguido para nuestra lengua de una sólida implantación protestante: el galés moderno, comparado con el irlandés, ofrece una imagen bastante precisa de lo que pudo haber sido y no fue.
(Juana de Albret, XVI)
Pero, por desgracia, este género de razonamientos que toman corno antecedentes condicionales irreales (es decir, que parten del supuesto de que algo que sabernos falso fuera verdadero) no sirven para gran cosa, si no es para ejercitar el ingenio y exhibir erudición. Creo que todos estarán de acuerdo en que el éxito de la religión reformada entre nosotros, sobre todo en los dominios de Felipe, era todavía más improbable que el feliz advenimiento de una república socialista popular en ese mismo territorio ante los ojos de los Estados Unidos y aliados, no más tolerantes con los descarríos de los pequeños que el hijo del Emperador.No cabe duda, sin embargo, de que la expansión calvinista, reducida a mera tentatival2, jugó en favor de la lengua, aunque sólo fuera por la reacción católica que desencadenó. Entonces empezaron nuestros eclesiásticos a preocuparse por la catequesis en lengua vulgar; mejor dicho, su interés y dedicación alcanzaron extremos antes impensados a partir, más o menos, de 1600. Además de documentos de gran valor para la historia de la lengua, les debemos, entre mucho verso, un modelo de prosa literaria que hoy mismo conserva fuerza inspiradora. El centro de formación de este modelo hay que buscarlo en el floreciente Labort del siglo XVII, con Axular como punto culminante, muy próximo a los orígenes del movimiento.
(Manuel de Larramendi, XVIII)
Como se sabe, ese modelo influyó, y mucho, a este lado de la frontera en los autores, fundamentalmente guipuzcoanos y vizcaínos, del XVIII y primera parte del XIX, empezando por lo que podríamos llamar el círculo de Larramendi, pero esta es una historia que ya ha sido contada varias veces. Lo que importa señalar es que por entonces arraigó la forma de religiosidad (dogma, moral, ritos, disciplina) que hemos llegado a conocer, unida a la identificación, salvadas las distancias, de buena parte del clero secular y regular con el pueblo. Esa identificación es particularmente clara en materia de lengua, donde los escritos de contenido religioso junto con la predicación constituyen durante mucho tiempo casi el único guía para la prosal. A decir verdad, cabe sospechar que el clero no fuera tan adicto a la lengua del país en Alava y partes de la Navarra alta.
Información Bitacoras.com…
Valora en Bitacoras.com: Por Koldo Mitxelena (Traducción de la Biblia al euskera de Leizarraga patrocinada por Juana de Albret, XVI) Sin centros administrativos o culturales de prestigio, faltos de una política que -hasta en el terreno de las ideas- …..